Es el viejo unitarismo autoritario del siglo XIX

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Desde que irrumpió en la política, impulsado por sus “éxitos” como presidente de Boca, que Mauricio Macri ha sido identificado como un dirigente cuya perspectiva política culmina en la General Paz, la avenida que divide a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires de la provincia de Buenos Aires o, si se prefiere, del resto del país. Con una lógica política del tamaño de la CABA, Macri se lanzó este año en procura de la presencia de la Nación. Antes mismo de llegar a las urnas, comenzó a mostrar lo que podría ser su gobierno y la relación que pretende entablar con las provincias que integramos la Nación Argentina bajo el sistema federal.

El primer detalle fue la conformación de su fórmula presidencial y la de candidatos para la gobernación de la provincia más grande del país, pese a que ésta última rápidamente fue abortada por obvias razones. Es que en los cuatro lugares más importantes de la boletas del PRO se colocaron a porteños: Macri y Gabriela Michetti en la nacional y María Eugenia Vidal y Cristian Ritondo en la provincial. El mensaje no podría ser más preciso: la ciudad puerto sería la encargada de gobernar el país y el distrito más grande. Si a eso le sumamos, por caso, que Humberto Schiavoni encabeza la lista de diputados nacionales del PRO en Misiones, pese a que no vive en su provincia natal desde fines de los ‘90, cuando protagonizó el desguace neoliberal del Estado misionero y se mudó a la CABA para presidir la Corporación Sur y el PRO a nivel nacional. O sea, más que un dirigente misionero, Schiavoni es un enviado por Macri.

Claro que al lado de lo ocurrido la última semana, el de los candidatos es casi una anécdota. La intromisión de la policía metropolitana en una jurisdicción extraña –como lo es la provincia de Santa Cruz-, puso en evidencia el alcance del unitarismo que inspira a Macri y su proyecto de país. Es que el jefe de gobierno capitalino se considera con atribuciones como para actuar policíacamente en otros territorios, desconociendo la Constitución, el orden federal y las autonomías provinciales.

Para aquellos que vivimos en las provincias, mucho más en una como Misiones, que ha hecho de la lucha por el federalismo una bandera identitaria de su condición de ser, lo de Macri no es nada nuevo. Es definitiva replica el mismo mecanismo utilizado por el unitarismo autoritario del siglo XIX, ya sea en tiempos de Bernardino Rivadavia como en los del genocidio efectuado por Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento contra el interior.

Al igual que Mitre y Sarmiento, Macri nacionaliza su fuerza de choque y la manda a combatir a las provincias, en donde no existirían garantías para lograr lo que el grupo de poder al que él representa quiere conseguir. Antes lo hacían a sangre y fuego, masacrando gauchos rebeldes y destruyendo las economías regionales; ahora lo hacen de la mano de la justicia cómplice y de medios de comunicación condescendientes. El objetivo es el mismo: domesticar a las provincias y someterlas al proyecto único del puerto de Buenos Aires y su elite liberal. Es como si en la Argentina no hubiera pasado nada en 150 años de historia.

Pero pasó mucho y las provincias ya no son aquellos 13 ranchos empobrecidos a los que se podía dominar fácilmente con el ejército de Buenos Aires que Mitre había nacionalizado (además de nacionalizar la deuda de la ciudad). Macri pretende lo mismo y replica las mismas formas arcaicas del siglo XIX. Desconoce que el unitarismo autoritario feneció hace rato como posibilidad política para el país. Mucho menos cuando se presenta como lo nuevo y, al mismo tiempo, replica formas de acción política decimonónicas.

Mauricio Macri podrá tener éxito en Boca o en la CABA, en donde no importan las formas e impera el individualismo de tipo neoliberal. Construir un proyecto de país es otra cosa. Mucho más uno que sea apto para la Argentina, en donde las provincias, por más que le pese al macrismo, también vamos a ser parte del diseño, la gestión y la ejecución de ese proyecto.

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