El libro, la infancia, el periodismo y Walsh, por siempre Walsh

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La casa de mis padres siempre fue una casa de libros, con paredes recubiertas de estanterías y un mundo para recorrer y conocer en fantásticos viajes de lecturas. Además, era una casa en la que circulaba mucha información, fruto de la profesión de periodistas de mis padres.

Yo nací en ese mundo en medio del mundo convulsionado que era la Argentina de 1976, carcomida por el miedo y el terror de la dictadura cívico-religiosa-militar. Pese a mi corta edad, siempre tuve información sobre lo que ocurría en el país, mucho más al llegar la democracia, algo que vivimos con mis padres con enorme alegría y compromiso ciudadano.
 
Entre todos esos libros, un día encontré una pequeña publicación que me llamó la atención por el extraordinario retrato impreso en su tapa. Sin dudas era obra de alguno de los maestros del dibujo que trabajan con mi padre en la revista Humor. Ese libro quedó en mi memoria y sabía que en algún momento volvería a él.
 
El tiempo pasó y mis lecturas se fueron diversificando, pero el libro seguía allí, a la espera. No recuerdo bien cuándo, pero calculo que habrá sido a comienzos de los ’90, momentos en los que el neoliberalismo nos aprisionaba con los indultos y la impunidad, que regresé a aquel libro del retrato hermoso y contundente, que ahora sé fue obra del genial Carlos Nine. Lo leí como se lee lo que nos atrapa, de un tirón. Lo leí con un asombro creciente, casi como maravillado de aquella historia que me resultaba poco menos que increíble sobre una época en la que todo había sido censura, silencio, miedo y terror.
 
Aquel libro, de unas pocas hojas, me enseñó mucho más que cientos de otros libros que he leído en mi vida. Me enseñó que no hay barrera posible cuando la libertad es lo que se quiere expresar. Me enseñó que el periodismo es una profesión tan apasionante como dolorosa, porque el periodista se juega la vida en su trabajo. Me enseñó que hubo gente que no se rindió ni se resignó con la dictadura, que la siguió peleando y luchando para esclarecer al pueblo. Me enseñó a conocer a un tipo extraordinario, único, irrepetible, imprescindible, del que luego leí todos sus libros, cuentos, artículos. Me enseñó a tener como bandera una frase que resume aquella historia narrada en aquel libro: “haga circular esta información”.
 
Aquel libro, que conocí a los 9 años y que me acompaña desde entonces, es “Rodolfo Walsh y la prensa clandestina. 1976-1978”, escrito por Horacio Verbitsky y publicado por Ediciones de la Hurraca, en 1985. Se trata, no solo de un recorrido por aquellos años de prensa desde las sombras, sino una recopilación de los cables emitidos por la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), creada y motorizada por Walsh ni bien se produjo el golpe de estado.
 
El libro allí está, en mi biblioteca y a la espera de que mis hijos lo encuentren y empiece a circular entre ellos, sus amigos y sus propios hijos. Porque así se construye la memoria colectiva de un pueblo que no quiere repetir su pasado. Y a la memoria, como a la información, también hay que hacerla circular.

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