Sarmiento y Andresito son incompatibles

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En los últimos años la provincia de Misiones viene impulsando un interesantísimo proceso de revisión de su pasado que ha desembocado, por ejemplo, en la adopción de Andrés Guacurarí y Artigas como prócer provincial. El reconocimiento hacia el líder revolucionario del pueblo guaraní en armas es mucho más que una acción simbólica por parte del Estado provincial y la sociedad en su conjunto, es la adopción política de una postura historiográfica que pretende rescatar del pasado un ideario libertario e igualitario, que debería guiar nuestras acciones presentes y proyectarnos al futuro.

En definitiva, lo que estamos haciendo los misioneros es apropiarnos de nuestro relato histórico para resignificarlo y así, reescrito por nosotros mismos, poder identificarnos en él. Por cierto que no estamos inventando nada, es lo mismo que han hecho las sociedades a lo largo del tiempo. En la Argentina, por ejemplo, fue la generación del ’80 (por los años 1880) la que se apropió del relato histórico y construyó una interpretación del pasado que hiciera de la elite liberal porteña la gran protagonista de la historia. De allí surgió el panteón de próceres fundadores del Estado Nacional moderno: Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Julio Argentino Roca y Domingo Faustino Sarmiento.

Como cada 11 de septiembre, millones de niños y miles de maestros recordarán la figura de Sarmiento, definido por aquella historiografía liberal como “el padre de la educación”. Nuestros hijos deberán participar de los actos por el día del maestro y homenajear a este personaje sin siquiera imaginar que es incompatible elevar al procerato a Andresito y, a la vez, tener como paradigma de la educación a Sarmiento.

Guacurarí y Sarmiento no fueron contemporáneos, pero claramente expresan dos modelos de país enfrentados en una guerra fratricida que solo concluyó cuando uno de los bandos (el liberal) decidió exterminar al otro (el popular). No hay que fantasear mucho para concluir que de haber compartido el mismo tiempo histórico, Sarmiento habría mandado a asesinar a Andresito por indio, rebelde y bárbaro. En definitiva, la metodología del exterminio del otro vía genocidio fue creada por el propio Sarmiento y aplicada por él mismo cuando Bartolomé Mitre le designó director de la guerra contra las montoneras de La Rioja, Córdoba y Mendoza.

El plan sistemático de exterminio de los pueblos originarios, de los gauchos y de los opositores políticos (entre ellos el Paraguay), fue ideado por Sarmiento y los documentos de la época así lo ratifican. Solo entre 1862 y 1874 (presidencias de Mitre y Sarmiento) murieron en la Argentina a causa de la represión estatal unas 8000 personas, en su gran mayoría integrantes de los sectores populares, como lo eran Andresito y su gente.

Resulta incompatible idolatrar a Andresito y homenajear a Sarmiento. Por lo tanto, propongo dejar de celebrar el día del maestro en homenaje a un personaje que consideraba que a los rivales políticos “es permitido quitarles la vida donde se los encuentre”. Por cierto, no era ese el pensamiento ni el accionar de Andresito, cuyo humanismo le costó perder la batalla de San Borja.

Desterrado el 11 de septiembre, mi propuesta es que en Misiones se celebre el día del maestro los 24 de septiembre, en homenaje a Clotilde de Fernández Ramos, la mujer que tanto hizo por la educación pública en Posadas y una de las impulsoras de la creación de los actuales colegios Normal, Nacional y EPET N° 1, entre otros. De esa forma liberaríamos a nuestros niños de la contradicción del homenaje simultáneo a un prócer revolucionario y a un prócer impuesto por aquellos que exterminaron a los que lucharon por los mismos ideales de Andresito. Pero también estaríamos profundizando nuestra propia reinterpretación del pasado local, en donde recobran importancia los personajes que hicieron grande, linda y próspera a esta provincia y no aquellos que creían que la sangre de los gauchos era “un abono útil para el país”.

Pablo Camogli
Lic. en Historia

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