La memoria de Kemerer no merece ese destrato

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En mi tradicional columna de historia de los días jueves en Revista 12, programa que se emite por Canal 12, recordé la emblemática figura de monseñor Jorge Kemerer, el primer obispo de la diócesis de Posadas. Pese a que es pública mi posición contraria a la iglesia católica, siempre tuve una profunda admiración por aquellos sacerdotes que, dentro de dicha institución, luchan y lucharon por los mismos valores y principios que guían mis días. Kemerer es, sin lugar a dudas, uno de ellos y siento un cariño sincero por su trayectoria y su compromiso social.

En el marco de la breve investigación que hice para armar la columna, me encontré con una sorpresa que me causó hondo pesar. Es que en la página del Instituto Antonio Ruiz de Montoya, institución creada por Kemerer, figura una biografía de su fundador en la que directamente se omiten cuestiones fundamentales de su vida y que son, justamente, los aspectos que más acercan a monseñor hacia el pueblo misionero, al que tanto amó y por el que tanto bregó.

El texto en cuestión no dice una sola palabra sobre el acompañamiento militante que Kemerer realizó en la gestación y desarrollo del Movimiento Agrario de Misiones a comienzos de 1970. Los protagonistas de aquella gesta de los pequeños y medianos productores misioneros recuerdan con enorme cariño la guía prestada por el obispo. Y no solo por la guía espiritual que les brindaba, más bien por la compañía ideológica y el impulso para que ellos, los explotados de siempre, se organizaran para salir a la lucha contra los poderes sempiternos de la provincia. Kemerer participó de reuniones, dio discursos, estuvo en asambleas, acompañó manifestaciones y mantuvo las puertas abiertas de su obispado para recibir a los miembros del MAM. Todo ello fue omitido por el Montoya en la biografía de su creador.

Lamentablemente este no es el único ni más grave olvido. En la biografía no aparece ni una sola palabra sobre la actuación de Kemerer durante la dictadura cívico-religiosa-militar de 1976-1983. Pese a que la cúpula católica fue cómplice necesaria del genocidio perpetrado en la Argentina en aquellos años, hubo religiosos que privilegiaron su carácter cristiano antes que la obediencia debida. El obispo Kemerer, al igual que Enrique Angelelli, Carlos Ponce de León y los padres palotinos, entre muchos otros, fue uno de ellos. Tanto, que desde los ámbitos más conservadores de la curia se lo denominaba como el “obispo rojo”.

Obviar el rol de Kemerer durante la larga noche de la dictadura es querer borrar la historia, algo inadmisible. No se requiere mucho trabajo para descubrir la importancia que tuvo el obispo de Posadas en la contención, acompañamiento y complicidad con los familiares y las víctimas del terrorismo de Estado. Monseñor jamás dudó en recibirlos, en ocultar personas perseguidas por los grupos de tareas, en reunirse en secreto con los familiares, en darles dinero para que pudieran viajar a ver a sus seres queridos y en visitar todas las cárceles que hiciera falta para acompañar a los detenidos de nuestra provincia.

Entiendo que algunos pretendan no recordar permanentemente estos temas, pero de allí a directamente ocultarlos, invisibilizarlos y no decir una sola palabra, hay una distancia muy grande. Mucho más en un instituto como el Montoya, que forma historiadores y que cuenta en su plantel con notables investigadores del pasado misionero, así como también tiene un instituto de investigaciones históricas, denominado Guillermo Furlong. La memoria del benemérito monseñor Jorge Kemerer no merece ese destrato.


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