El país de nuestros hijos

.
El jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, expresó que siente tranquilidad porque una de sus hijas se fue a vivir a San Francisco, Estados Unidos, lo que, afirmó, la aleja de los peligros que se viven en la Argentina debido a la inseguridad. Ese mismo día, mi hijo Martín, que cursa segundo grado en una escuela pública de Posadas, Misiones, se paró frente a toda la comunidad escolar para disertar sobre Malvinas, en el marco del día del veterano y los caídos en la guerra del Atlántico Sur. La claridad conceptual y el amor por su patria de mi niño de seis años, contrastó con la expresión apátrida del administrador de la capital de nuestro país.

Es difícil juzgar a un padre cuando habla de la seguridad de su hija, pero no pretendo clasificar los dichos de Macri, tan solo recurrir a ellos para demostrar lo diversa que puede ser la visión sobre la Argentina actual. Mientras Macri prefiere que su hija viva en otro país antes que en la Argentina; yo, junto a mi esposa, deliramos de felicidad de poder criar a nuestros hijos (tenemos otro varón de seis meses) en esta tierra. Y no tenemos ese sentimiento por simple nacionalismo, es la consecuencia de haber sufrido en carne propia que tu propio país te expulse, como nos ocurrió en el 2001, cuando debimos emigrar a Brasil luego de que Domingo Cavallo mandara a los científicos (entre ellos, mi esposa) a lavar los platos.

Durante el tiempo en que vivimos en el hermano país jamás pensamos en tener hijos, no solo porque nos considerábamos jóvenes para ello, sino porque queríamos que nacieran y se criaran en Argentina, cerca de sus abuelos y la familia. Soñábamos con que nuestros hijos pudieran vivir y disfrutar de un país distinto al que a nosotros nos había obligado a emigrar. Pensábamos, casi resignados, que ello nunca ocurriría, que luego del paso del neoliberalismo nada quedaría en pie de la Argentina y que si teníamos hijos, deberían crecer en territorio extranjero.

Todo cambió (o lo cambiamos los argentinos) a partir del 25 de mayo del 2003. Llegó Néstor, puso de pie a la golpeada Argentina y convocó a todos los científicos del país que pululaban por el mundo a que regresaran a la patria para ponerse al servicio de un proyecto científico y tecnológico, en donde el capital humano sería fundamental. Y allí volvimos, con la ilusión del renacer de la Argentina… y el sueño de tener nuestros hijos.

En el 2007 nació Martín, el amor de nuestras vidas. La madre y yo sentimos que nació en el momento justo, tanto de nuestras vidas como en la vida del país. Martín es apasionado de la historia, como el padre y el abuelo. Le gusta que le cuente las proezas de San Martín, de Belgrano, el heroísmo del ahora general Andrés Guacurarí y Artigas. Es un niño malvinero, que sabe que esas islas nos fueron arrebatadas por los británicos y que en 1982 cientos de jóvenes argentinos murieron por las balas inglesas y la colaboración de los Estados Unidos, el país que hoy cobija a la hija de Macri.

Este 2 de abril, a pedido de su maestra, se presentó frente a toda su escuela para contar su propia interpretación sobre Malvinas. Durante su alocución utilizó siempre el nosotros para referirse a nuestras tropas, “nosotros pasamos hambre”, “nosotros no teníamos armas”, expresó consustanciado con sus palabras. A sus seis años, es capaz de entender que la guerra fue una locura más de la dictadura cívico-religiosa-militar y que la causa Malvinas no debe reducirse al 2 de abril, sino a todos los días, “hasta nuestra muerte”.

Creo que no hace falta decir lo orgulloso que estamos con nuestro hijo.

Sí hace falta decir que creemos que no todo es mérito nuestro, que sabemos que él es como es porque tiene la suerte de vivir en su país, de compartir con sus abuelos y su familia, de asistir a un colegio público en donde nunca hubo un paro y cuyo edificio fue construido en esta década ganada, de ver Paka-Paka y canal Encuentro, de recibir los libros gratis en la escuela, de tener un futuro en donde se le abre un enorme abanico de posibilidades de estudio, becas y realizaciones. Nuestros hijos viven en otro país, un país distinto al que le tocó a nuestros padres, plagado de dictaduras, miedo y terror, o el que nos tocó a nosotros, en donde el neoliberalismo se devoraba todo a su paso.

Nuestros hijos viven en otro país; la hija de Mauricio también.

2 comentarios:

  1. Excelente Pablo, no puedo dejar de decir que me emociono hasta las lágrimas lo que acabo de leer. Adhiero plenamente a tus expresiones y comparto el sentimiento. Te felicito por tu hijo.

    ResponderEliminar