La revolución dentro de la revolución

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Una de las características más notorias de proceso revolucionario de Mayo de 1810, es que se trató de la confluencia de diversos sectores sociales cuyos intereses no siempre eran homogéneos. Si bien coincidían en la idea de acabar con el antiguo régimen y, por lo tanto, eran todos revolucionarios, sí tenía profundas diferencias en cuanto al alcance transformador que debía tener la revolución. En cierta forma, es como que hubo una revolución dentro de la revolución y el protagonista de esa revolución interna fue Mariano Moreno, el secretario de guerra de la Primera Junta que falleció un día como hoy, 4 de marzo, pero de 1811.

Moreno fue uno de los intelectuales más brillantes de su generación, no solo por su capacidad de estudio y sus conocimientos, sino, más bien, por su profunda percepción social. Luego de graduarse con título de honor en el Colegio de San Carlos, el joven Mariano viajó a Chuquisaca para estudiar derecho. Allí se graduó en leyes, pero más importante, conoció la realidad de sometimiento y explotación a la que eran sometidos los pueblos originarios por parte del sistema colonial dirigido por la corona y la iglesia. Sus primeras actuaciones como abogado fueron en defensa de los indios explotados, en muchos casos, litigando contra las propias autoridades coloniales.

En las postrimerías del dominio español en América, Moreno regresó a Buenos Aires, en donde continuó con su labor de abogado en representación de los sectores que pugnaban por modificar el orden vigente. Al producirse la Revolución de Mayo, Mariano fue convocado para integrar el nuevo gobierno, debido a su reconocida capacidad. Aquel 25 de mayo nos solo cambió la vida institucional de lo que hoy es la Argentina, también se trastocó la vida del Moreno.

A partir del 25 de Mayo y de su designación como secretario de la Primera Junta, Moreno se convirtió en el espíritu ejecutor y creador de aquel gobierno patrio inicial. Frente a la disparidad de intereses de los distintos grupos políticos, el secretario apostó por el camino más directo, radicalizado y revolucionario. A diferencia de otros miembros del primer plantel de gobierno, Moreno conocía en profundidad la situación de explotación en la que se encontraban los sectores populares americanos, como así también sabía de la resistencia que opondrían los sectores dominantes a la hora de plantear los cambios sociales que la revolución requería.

Sin titubeos ni medias tintas, Moreno encabezó la revolución dentro de la revolución. Con premura encomendó a sus dos mayores aliados, Juan José Castelli y Manuel Belgrano, que marcharan hacia el Alto Perú y las Misiones, respectivamente, para que decretaran y materializaran la liberación de los pueblos originarios y su igualación en derechos con el resto de los mortales. Del mismo modo, conminó a Castelli a fusilar a todos cuantos su opusieran al nuevo orden, comenzando por el héroe de las invasiones inglesas, Santiago de Liniers.

En virtud de la necesidad de contar con un plan de acción para el gobierno, la Primera Junta le encomendó a Moreno la elaboración de uno. Éste redactó el Plan de Operaciones, que se constituyó en una propuesta integral para encauzar la revolución hacia un proceso de transformación socio-económica que colocara al Estado en el centro de las actividades productivas. Frente a una burguesía inexistente y a una clase dominante de tipo parasitaria, Moreno ubicaba al Estado en el rol de dinamizador de la economía mediante una acumulación primaria constituida por toda la riqueza minera del país, la que debería ser expropiada y puesta al servicio de los intereses revolucionarios. En definitiva, una mirada en extremo radicalizada, que no generaría simpatías entre los sectores que pretendían hacer la revolución con el único fin de heredar el dominio colonial.

De todas formas, el conflicto central entre conservadores y morenistas se expresó a través de una cuestión política. La Primera Junta, en una muestra de su espíritu democrático, había convocado a los pueblos del interior a elegir diputados para integrarse en el nuevo gobierno. Más temprano que tarde Moreno y su grupo cayeron en la cuenta del escaso carácter práctico que esto tendría, debido a que la multitud de miembros del ejecutivo lentificarían la toma de decisiones. Es por ello que, al momento del arribo de los diputados, Moreno propuso que estos se constituyeron en congreso, algo que fue rechazado por los saavedristas. Los motivos del rechazo no tenían tanto que ver con cumplir con la invitación original, como sí con lo radicalizado de la propuesta de conformar un congreso. Esto sería un paso decisivo hacia la independencia, idea que aún no se había generalizado.


Puesta a votación la cuestión, la postura de Moreno fue derrotada y debió abandonar el gobierno. Quizás con la intención de sacarlo del medio lo más rápido posible, el ex secretario de la Junta fue remitido a Europa, en cuyo viaje murió en alta mar y en condiciones más que sospechosas, tal como manifestara en su momento su hermano Manuel, que lo acompañó en la travesía. Aquel 4 de marzo de 1811 la revolución perdió a uno de sus actores más decididos, se quedó sin revolución la revolución.

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