Hasta los parásitos tienen más dignidad

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En el reino animal los parásitos son seres despreciables. Son aquellos que se aprovechan de otro en beneficio propio, que le chupan la energía hasta dejarlo exánime para ir en busca de otra víctima a la cual parasitar. El parásito no invierte mayor esfuerzo, toma todo lo que puede y se retira, en una clara actitud depredadora. Pese a esta descripción, hasta los parásitos tienen una cuota de dignidad: ellos no liquidan a sus víctimas, las dejan exhaustas, pero vivas, con la fuerza suficiente como para recuperarse y convertirse nuevamente en víctima potencial. Es cierto, es una nimia dignidad, pero tan poco alcanza para que los parásitos, esos seres despreciables, tengan más dignidad que Ramón Puerta y la familia Wipplinger, acusados de esclavizar trabajadores en tierras de su propiedad.

Estos parásitos de la producción misionera fueron acusados por el RENATEA, luego de las inspecciones que se efectuaron en dos estancias de la zona limítrofe entre Misiones y Corrientes. Los informes elevados por el organismo estatal son espeluznantes y desnudan una situación de precariedad laboral vergonzosa y presuntamente delictiva. No es un dato menor, ya que la denuncia no solo revela la escasa ética empresarial con la que actúan estos personajes, sino que aporta elementos jurídicos que deberán ser sustanciados por el juez actuante en la causa penal que abrió el RENATEA.

En la Estancia I Porá, cuyo propietario es Federico Ramón Puerta, ex gobernador de la provincia y quien durante más de dos décadas gozó de los fueros que otorgan los cargos públicos, se encontraron 57 trabajadores no registrados de un total de 63 que había al momento de la inspección, realizada el 30 de enero de este año. Bajo el sistema de la tercerización, que busca desligar al propietario de la explotación, pero que no es más que una falacia tendiente a desviar la responsabilidad penal del dueño, se encontraron tres cuadrillas trabajando en la cosecha de la yerba mate.

En una de las cuadrillas había 17 trabajadores no registrados y alojados “en carpas de lona negra, sin agua, sanitarios, ni elementos de seguridad correspondiente”. Uno de ellos, era “un niño de 14 años de edad, que realizaba tareas de tarefa junto a su padrastro”. Un elemento que llamó la atención de los inspectores del Estado, fue que había unas 20 carpas, por lo que es probable que el número de trabajadores fuera aún mayor.

En otra cuadrilla se relevaron “15 trabajadores en situación paupérrima de precarización laboral, todos alojados en carpas de lona negra, con colchones en el piso, sin luz y agua, sin sanitario. Y con alimento en estado de descomposición por falta de refrigeración”. El sistema de explotación en la propiedad de Puerta se asemeja mucho al existente en los primeros años del siglo XX en la provincia: trabajadores trasladados mediante engaños y promesas falsas; cobra de cifras exorbitantes por alimento y otros elementos. Dice el informe del RENATEA: “Así también reclamaron que le cobraban $40 por la lona para armar la carpa y $110 por un kilo de carne y un kilo de chorizo”.

El niño bien también parasita

Claudio Wipplinger gusta presentarse como el ejemplo del empresario exitoso, ético y con preocupaciones sociales. Sus alianzas políticas a lo largo del tiempo lo desmienten, pese al enorme esfuerzo comunicacional que realiza el diario familiar, Primera Edición, y otras publicaciones digitales subvencionadas por la propia empresa. Todo este poder mediático le permitió a Claudio, el niño bien, posicionarse como una de las principales fuerzas de la oposición en la provincia y gozar de un segundo mandato como diputado provincial. Claro, el poder mediático puede desfigurar la realidad, pero no borrarla.

Wipplinger usufructúa los éxitos comerciales de las empresas familiares, a las que él mismo administra en algunos casos. Es de los más “vivos” de la provincia, ya que siempre que puede registra sus propiedades en Corrientes, provincia con una menor carga tributaria que Misiones. La aparente avivada no es más que una muestra de la carencia de valores morales de este tipo de empresariado. Eso sí, para vivir, prefiere Misiones, en donde el Estado, gracias a esos impuestos que él no paga, realiza las obras de infraestructura que han desarrollado a la provincia como nunca antes en su historia.

Puede ser que nadie sea un parásito por tratar de evadir o eludir una carga impositiva, pero cuando encuentran trabajadores precarizados por trata laboral en tus propiedades, las cosas cambian. Eso ocurrió el 29 de enero a las 9.30 en las ¡¡¡17.000!!! hectáres que la familia Wipplinger tiene en Ituzaingó, en donde se detectaron cuadrillas de trabajadores en situación de semiesclavitud. Según lo informado por las propias víctimas “se les descontaba del dinero la comida que consumían que era proveída por el empleador y trabajaban con herramientas propias que estaban en malas condiciones, se observa también que carecían tanto de ropa de trabajo adecuado como de elementos de seguridad”. También se reveló que “no tenían agua potable ni energía eléctrica, no había baño ni lugar de aseo, dentro de la carpa no había cama y dormían sobre los colchones en el piso”. Obviamente, entre los trabajadores se encontraban dos menores, de 15 y 17 años, por lo que se procedió a efectuar la denuncia penal correspondiente.

La identidad ideológica de los parásitos

No somos ingenuos y bien sabemos que estos no son los únicos casos de explotación laboral en la Argentina o en Misiones. Es más, estamos convencidos que en las propiedades de muchos hombres cercanos a las actuales administraciones pueden ocurrir situaciones similares. Si ello ocurre, esperamos que el RENATEA actúe con la misma celeridad y precisión que en estos casos. Más allá de este comentario, no sorprende que en tierras de Puerta y los Wipplinger se detecten casos de trata laboral, era algo hasta esperable, ya que ellos actúan, como políticos y como empresarios, bajo una misma identidad política: el neoliberalismo. Fue esa identidad, por cierto, la que los llevó a ser aliados durante un tiempo, como en las pasadas elecciones.

Tanto uno como otro siempre han sido consecuentes en sus posturas, ya sea aliados a Domingo Cavallo o a Mauricio Macri, aunque ahora ambos parecen querer cobijarse bajo el ala de Sergio Massa. La línea neoliberal es manifiesta y es ella la que los aglutina bajo un proyecto político común y un modelo de explotación empresaria similar.

La tercera pata de esta historia es otro socio de Puerta, el dirigente de UATRE Gerónimo “Momo” Venegas. Durante años UATRE hizo y deshizo a su gusto las relaciones laborales de los trabajadores rurales de la Argentina. Tenía el monopolio del control y gozaba de la billetera generosa de los parásitos, digo, los empresarios. El Momo hacía que cuidaba a los trabajadores del campo, mientras que los empresarios hacían que se quejaban de la vigilancia del sindicato. La pantomima escenográfica funcionaba a la perfección y todos salían ganando… menos los trabajadores.

Todo ello cambió cuando el gobierno nacional restituyó el Estatuto del Peón Rural y creó un organismo público de control específico e independiente de los intereses neoliberales del Momo y sus amigos parásitos, uh, otra vez, digo empresarios. Ese organismo se denominó RENATEA y desde hace unos dos años viene trabajando en visibilizar la explotación laboral existente en buena parte de la producción primaria de este país. Desde los tiempos del peronismo histórico que los peones rurales no contaban con una herramienta como esa, un poderoso desparasitario que ya empezó a actuar sobre lo peor de nuestra sociedad. Ojalá que solo sea el principio.

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