Orden del día: matar al gobernador

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En nuestra historia la violencia política ha sido un elemento omnipresente, en especial en aquellos momentos en que los sectores populares alcanzaron el poder. Los sectores conservadores siempre respondieron de la misma forma: con represión. Uno de los casos paradigmáticos y alevosos de esta actitud, fue la que ocurrió el 13 de diciembre de 1828, el día en que los unitarios fusilaron a Manuel Dorrego, el día, en que la orden fue, matar al gobernador.

La paz con el Imperio del Brasil significó el regreso al país de una nutrida fuerza militar. El Ejército había aceptado de mala gana que sus triunfos fueran tergiversados por la diplomacia y, además, estaba falto de pago y con serios problemas de aprovisionamiento. El 26 de noviembre de 1828 llegó a Buenos Aires la Primera División, cuyo jefe, Juan Lavalle, se puso en tratativas sediciosas con los líderes unitarios.

En la madrugada del 1º de diciembre, Lavalle movilizó a las tropas desde el cuartel de la Recoleta y se dirigió a la Plaza de la Victoria. El golpe de Estado se consumó sin resistencia. Dorrego se retiró en procura de la campaña.

Lavalle salió el 5 de diciembre al frente de unos mil hombres de caballería en busca de Dorrego. Quería evitar que se reuniese con los Húsares liderados por Ángel Pacheco. Cuatro días después lo alcanzó en Navarro, donde lo esperaba al frente de 1.500 hombres, entre ellos, una columna auxiliar de 300 indios. Pese al consejo de Rosas de replegarse hacia Santa Fe, donde recibirían el apoyo de su socio político Estanislao López, Dorrego decidió presentar batalla a toda costa.

El ejército unitario lanzó cinco escalones de caballería sobre la línea enemiga, que los recibió con fuego de artillería. Los jinetes de Lavalle despedazaron a los artilleros y a la infantería que encontraron en su paso. Rosas, al frente de 200 lanzas indias lideradas por los caciques Cachul y Coyhuepán, intentó una carga por el flanco para recomponer la línea, pero fue recibido y dispersado por 100 hombres del Regimiento N° 16. En unos minutos, el gobierno federal de Buenos Aires había sido destruido; en el campo quedaron 100 bajas entre muertos y heridos y 200 prisioneros. Lavalle sufrió 4 muertos y 22 heridos.

Los jefes federales escaparon, pero Rosas se negó a continuar combatiendo en inferioridad de condiciones y siguió rumbo a Santa Fe. Dorrego fue entregado al enemigo por tropas que consideraba leales, para ser fusilado por Lavalle el 13 de diciembre de 1828, en uno de los crímenes más absurdos de nuestra historia. El día, en que la orden fue: matar al gobernador.

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