Juan Lavalle, el general sin cabeza

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Nuestra historia nacional está surcada por la intervención de las fuerzas militares en los asuntos políticos. Como si fueran los representantes de un poder superior al de la voluntad popular o las expresiones democráticas, muchos han sido los generales que no pudieron sustraerse de la tentación de interrumpir el orden público para alzarse con el poder. La historia de hoy, habla de eso, del golpe de Estado dado por el general sin cabeza.

Luego de la guerra de la Independencia, nuestro país, que aún no terminaba de organizarse en términos institucionales, debió confrontar una nueva contienda bélica, esta vez contra el imperio del Brasil. Pese a la superioridad militar de nuestras experimentadas tropas, las dificultades económicas y políticas impidieron transformar la victoria militar en victoria diplomática.

Con la firma de la paz que creó la República Oriental del Uruguay, las tropas que habían actuado en la guerra, comenzaron a regresar al país. En la Argentina ya no existía un poder central, pero sí una autoridad, la del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Dorrego, que había sido elegido por el pueblo bonaerense y reconocido por el resto de las provincias.

Ya desde antes de la finalización de la contienda, que los liberales de Buenos Aires, que habían sostenido en el gobierno a Bernardino Rivadavia, venían complotando para derrocar a Dorrego. Pero para ello necesitaban de algo de lo que carecían, poder militar. Es por ello que se acercaron a los generales del ejército en campaña, en especial hacia Juan Galo de Lavalle, uno de los más experimentados soldados de la guerra de la independencia.

Lavalle, cuya foja de servicios es de las más extraordinarias de nuestra historia, era, al decir de su maestro en el regimiento de Granaderos a Caballo, José de San Martín, un general sin cabeza. O sea, un soldado valiente y arrojado, pero carente de profundidad en sus ideas políticas.

Quizás por esto es que se dejó endulzar los oídos por personajes como Salvador María del Carril, Florencio Varela y Julián Segundo de Agüero, quienes lo convencieron sobre la necesidad de derrumbar a Dorrego y reinstalar los principios unitarios en el gobierno central.

El 1 de diciembre de 1828, en horas de la madrugada, el ejército de Lavalle se acercó hacia la ciudad de Buenos Aires, en donde en gobernador carecía de fuerzas con las que oponerse. Cuando los enemigos se acercaron hasta el Fuerte, Dorrego debió huir por una puerta lateral en procura de la campaña, en donde esperaba encontrar los apoyos militares con los que retomar el control. El desenlace se daría unos días después, en Navarro y en forma trágica, como suelen ser las historias protagonizadas por los generales sin cabeza.

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