La Pampa y Misiones, historias encontradas

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Misiones y La Pampa son dos provincias que parecen distantes, no solo por los kilómetros que las separan –y que se ahondan en el centralismo del transporte en la Argentina- sino también por el imaginario que misioneros y pampeanos pueden construir sobre su contraparte en este análisis. La mirada local con la que solemos interpretar la realidad en las provincias, además, genera una visión de compartimentos estancos, en donde Misiones comienza y termina en Misiones y La Pampa lo mismo. En verdad, este localismo no hace más que facilitar el control cultural sobre las provincias por parte del poder central, único “extraño” con el que nos permitimos interactuar. Así, aislados en nuestra propia realidad, nos privamos de conocer (y reconocernos) en las realidades de las provincias hermanas.

Esta reflexión surge luego de una visita que hice a Santa Rosa, capital de La Pampa, con motivo de una charla en la que se integró la historia del comandante guaraní Andrés Guacurarí y Artigas con la del cacique ranquel José Gregorio Yancamil.

Fue mi primera visita a aquella provincia y rápidamente se puso en evidencia la manipulación cultural en la que vivimos: por más que lo proclamen los famosos versos de  Luis Domínguez, en La Pampa no hay un solo ombú. Allí el árbol predominante es el Caldén, que poco y nada tiene que ver con el ombú, característico en la provincia de Buenos Aires.

Más allá de este detalle, me topé en Santa Rosa con que La Pampa y Misiones tienen muchas historias encontradas, caminos del pasado que nos unen y nos acercan, luchas cotidianas que nos emparentan y una búsqueda de la identidad propia, que goza de una plenitud asombrosa en ambas jurisdicciones.

Nacidas como Territorios Nacionales bajo el mismo paradigma de la generación del 80 y convertidas en provincias en el mismo proceso democrático del peronismo de los ’50, La Pampa y Misiones se constituyeron en términos institucionales en forma sincrónica. En ambos casos, además, su conversión en Territorio Nacional tuvo que ver con los enormes negociados que las elites dirigentes de fines del siglo XIX hicieron con las tierras públicas o con aquellas que pertenecían a los pueblos originarios, a los que arrebataron la tierra y esclavizaron en forma desembozada.

Aquella historia de despojo y violencia ha sido puesta en cuestionamiento en ambas provincias. El pasado es revisado y esta tarea se realiza desde el presente. La memoria, la verdad y la justicia afloran como ejes centrales a la hora de repensar el pasado, ya sea el cercano o el lejano. En este contexto, no hay espacio para la justificación del genocidio de los pueblos originarios ni para la mirada cómplice frente a sectores de la elite que se enriquecieron a costa de la muerte y la apropiación del trabajo esclavo de un semejante.

De este proceso de revisión es que surgen las figuras de un comandante guaraní como prócer de la provincia de Misiones, en el caso de Andrés Guacurarí y Artigas, y la de un cacique ranquel como paradigma de la resistencia pampa, en el caso de José Yancamil. Esta resignificación del pretérito tiene su correlato en el espacio público, en donde los pampeanos nos llevan una interesante ventaja, ya que han logrado desterrar de su ciudad capital el nombre de Av. Roca para su arteria principal, la que ahora se denomina Av. San Martín Oeste. En el caso de Misiones hemos logrado instalar la figura de Andresito al inmortalizarla en el imponente monumento de la Costanera, pero todavía pugnamos por modificar la afrenta del nombre de la Av. Mitre de Posadas, que recibe a los hermanos paraguayos cada vez que cruzan hacia nuestro país.

Claro que no todo son pueblos originarios. En La Pampa también descubrí que tenemos una historia reciente común e igual de dolorosa, la de las víctimas de la última dictadura cívico-religiosa-militar y la larga lucha de todos nosotros por acceder a la verdad y la justicia. En este sentido, los que llevamos la delantera somos los misioneros, que ya hemos realizado cuatro juicios (el quinto está en suspenso por la salud del acusado). La Pampa también realizó el suyo, que condenó a la cúpula de la represión en la provincia, pero que todavía no avanzó hacia los verdugos intermedios.


Andresito me llevó a Santa Rosa, aquella ciudad que se me presentaba tan distante y que resultó ser, gracias a la compañía de personas entrañables, un lugar mucho más cercano a mi historia (nuestra historia) de lo que hubiera pensado. Es que no quedan dudas, el no reconocernos en el pasado no es un signo de ignorancia, sino una muestra de la dominación cultural bajo la cual vivimos durante décadas. Pero ya no más, porque descubrimos que las nuestras, son historias encontradas.

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