La muerte de Perón: Adiós, querido general

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Apenas unos días antes, había pronunciado su último discurso en Plaza de Mayo. Allí, conciente del estado de su salud, se había despedido del pueblo con una frase de la antología de próceres argentinos: “Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Aquella despedida, no hizo otra cosa que preanunciar la pronta muerte del líder, del querido general Juan Domingo Perón.

Luego de aquellas palabras, vertidas el 12 de junio de 1974, Perón recayó de sus dolencias cardíacas y pulmonares. El 29, de hecho, debió transferir el poder ejecutivo en su vicepresidenta, su propia esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita.

El primero de julio amaneció frío y húmedo en Buenos Aires, con esos tonos grisáceos que transforman en melancólicas y tristes las tardes del invierno porteño. Era la contratara perfecta de lo que se suele denominar con un día peronista.

A las 10 y 25 de la mañana, Perón sufrió un nuevo paro cardíaco, del que logró ser reanimado por parte de sus médicos de cabecera. El final estaba cerca, la vida del hombre que había transformado la realidad política, social y económica de la república Argentina durante el siglo XX, se apagaba para siempre.

Pasado el mediodía, el presidente tuvo un nuevo y definitivo infarto. Su corazón, que había alimentado el alma de los argentinos durante 30 años, había dejado de funcionar. El lacónico parte médico informó que Perón había muerto a las 13.15. Tres cuarto de hora después, la presidenta Estela Martínez le anunció al país que su líder había fallecido.

El velorio de Perón fue apoteósico y emotivo, desarrollado en su totalidad bajo la fría y tenue garúa de Buenos Aires. Hasta la mañana del 2 de julio, el cuerpo del general estuvo expuesto en la capilla de la quinta de Olivos. De allí, se lo trasladó a la catedral metropolitana, frente a la Plaza de Mayo, para una misa de cuerpo presente. Afuera, en las calles, cientos de miles de argentinos se iban acercando hacia el centro porteño para despedir al líder irremplazable.

Luego de la misa, el cajón fue trasladado sobre una cureña rumbo al Congreso de la Nación, rodeado por una multitud que le lanzaba flores y vítores. En el Palacio Legislativo, el cuerpo permaneció durante casi 48 horas, en los cuales lo despidieron unos 150.000 argentinos que habían esperado bajo la lluvia para acceder al féretro.

A las 9.40 del 4 de julio, el cajón fue trasladado hacia la quinta de Olivos, en donde fue sepultado para descansar.


Fueron tres días de extenso y dolido luto nacional, en donde millones de argentinos, presentes en Buenos Aires o desparramados por todo el país, se unieron en el dolor y el saludo final: Adiós, querido general.

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