Entrevista para el diario El Tribuno de Salta

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El historiador pasó por Buenos Aires y habló en exclusiva con El Tribuno sobre su último libro: “Asamblea del año XIII. Historia del primer congreso argentino”. Además, destacó los puntos de contacto de aquel proceso con la actualidad y reflexionó sobre la necesidad del debate, más allá de la polarización.
En el libro se refiere a cuestiones revolucionarias que se vuelcan luego hacia poses conservadoras, ¿a qué se refiere puntualmente?
En el libro hago una interpretación de la Revolución y dentro de esa interpretación específicamente la Asamblea, cuya teoría general es que la Revolución y la Asamblea tuvieron un inicio muy revolucionario, con el objetivo central de transformar la realidad, a partir de cambios en la estructura social, fundamentalmente cambiar el orden colonial por uno nuevo basado en la igualdad, en la libertad, etcétera. Con un Estado fuerte, participativo en las cuestiones de la vida económica, religiosa, en la vida social de las personas, con un Estado republicano que se tenía que gestar a partir de la división de poderes. La Revolución y la Asamblea tienen un arranque muy revolucionario y terminan con posturas muy conservadoras.
¿Por eso habla de bicentenarios festejables y no festejables?
Hay un bicentenario para festejar, que es un poco ese programa político que plasmó la Revolución. Yo lo defino como un horizonte que nos dejó, un horizonte de realización para el país que se quería gestar, que es un horizonte al que permanentemente estamos intentado volver los argentinos y que eso es lo que tenemos que festejar: ese intento por generar una nueva sociedad, generar un hombre nuevo, ampliar los derechos, ampliar la base social de la Revolución, incluir a los sectores tradicionalmente relegados. Eso es lo que, me parece, debemos festejar. También festejar que estamos avanzando hacia ese camino en este presente. Los bicentenarios que se lamentan son todas esas oportunidades perdidas a lo largo de la historia. En el libro explico cómo fue el proceso en la mirada más específica de la Asamblea, cómo arrancó con una postura tan revolucionaria y terminó en posturas tan conservadoras.
¿Dirá que, en general, en la historia argentina los procesos comienzan con cierto progresismo y se vuelcan luego hacia lo conservador?
Suele pasar mucho. A partir de mi postura historiográfica y epistemológica de centrar la mirada en los sectores populares y cuál es el rol que juegan en las distintas etapas históricas, considero que el pueblo es el gran protagonista de la historia. Creo que las revoluciones, por lo general las protagoniza el pueblo. Después las encabeza alguien, porque siempre hay una necesidad de un conductor y de un líder, pero el gran protagonista es el pueblo. Cuando se produce una revolución, que propende a transformar la realidad, no a conservarla, viene a cambiar las cosas y es porque en general viene de abajo, de los sectores populares que son los que están sufriendo ese orden que se quiere cambiar. Generalmente pasa así, no siempre. Cuando se producen estas revoluciones, los que quedan como líderes tratan de responder a esas demandas que vienen de los sectores populares. Entonces, al principio hay una mirada muy progresista y después es difícil mantener esa postura. Lo dice Tulio Halperin Donghi, para 1815 la elite dirigente está como asustada de estas masas en las que la idea de la libertad y la igualdad se expandió y a las que es muy difícil gobernar. Frente a ese temor de no poder gobernar al pueblo, empiezan a tomar posturas conservadoras.
La Asamblea abolió la esclavitud, propugnó la libertad de vientres, entre otras cosas, ¿qué puntos de contacto encuentra entre aquel proceso y la realidad actual de la Argentina?
Creo que hay muchos puntos de contacto. El primero y el principal es que yo creo que la historia se escribe siempre desde el presente, el libro está muy cargado desde el presente en tanto que el escritor está escribiendo desde el ahora. Los historiadores no podemos viajar en el tiempo, ir hacia 1810 y escribir como si estuviéramos en esa época. Siempre escribimos desde el ahora. No todos los historiadores piensan así, pero yo creo que el presente está siempre muy presente, valga la redundancia, a la hora de escribir un libro de historia.
Aparte creo que esta década lo que, por lo menos desde mi perspectiva, demuestra es que desde el 25 de mayo de 2003 o inclusive desde diciembre de 2001, los argentinos nos hemos puesto en marcha en busca de ese horizonte, de medidas que parecen relacionarse o que parecen no tener tiempo, como la cuestión de los pueblos originarios o de la trata de personas. Hoy no hablamos de esclavitud como en el siglo XIX, pero hablamos de trata de personas, que es más o menos lo mismo.
La historia argentina suele ser maniquea, ¿por qué cree que sucede?
Decir que hay dos proyectos de país no quiere decir que uno sea bueno y otro malo, va a ser bueno o malo según donde uno se ubique. Cada uno tendrá su propia ideología y dirá “yo quiero un país organizado en forma liberal, donde la propiedad privada sea sagrada y el capital extranjero tenga todos los beneficios que quiera”. Otro dirá: “Yo quiero que haya un bien social en la propiedad y que los capitales extranjeros tengan ciertos límites”. Cada uno va a tener lo que quiera. Me parece que hay dos grandes tendencias a la hora de pensar en mundo, entonces es lógico que un poco sea así. A mí me llama un poco la atención que algunos critiquen que en la Argentina de hoy hay una confrontación permanente entre dos miradas, cuando los sistemas políticos consolidados en el mundo tienen dos partidos tradicionales, uno de derecha y uno de izquierda y todo se resuelve allí.
Lo que por ahí no tienen es el debate tan acalorado como puede ser en Argentina. Más polarizado que republicanos y demócratas no hay. No creo que en Argentina haya una polarización, creo que hay una fuerza mayoritaria y un montón de fuerzas pequeñas que tendrán que unirse para hacer una polarización; hasta ahora no se han unido nunca.
Sí me parece que hay que tratar de debatir, últimamente en Argentina no hay espacio para el debate, si tenés una postura sos comprado por el gobierno o por la oposición. Empiezan las chicanas y eso no es un debate.
Lo preocupante no es la polarización, sino que esa polarización impida el debate.


Enlace a la nota original en El Tribuno: 
http://www.eltribuno.info/salta/290245-Pablo-Camogli-Las-revoluciones-las-protagoniza-el-pueblo.note.aspx

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