Nunca te harán beato, pero fuiste un santo

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Salía de brindar una misa en la iglesia de San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro, cuando una voz a sus espaldas lo llamó: “Padre Mugica”. Él se dio vuelta con la paz que lo caracterizaba y recibió una andanada de ametralladora Ingram MAC-10 que lo derribó y que acabó con su vida en cuestión de minutos.

Un día como hoy, pero de 1974, la Triple A asesinó al Padre Carlos Mugica, uno de los mayores ejemplos de lucha revolucionaria, pacífica y consecuente de aquellos convulsionados años 70.

Carlos había nacido el 7 de octubre de 1930 en el seno de una familia aristocrática y conservadora. Pese a ese origen social, desde su juventud mostró una gran preocupación por los pobres, a los que comenzó a atender en su condición de joven sacerdote de la parroquia Santa Rosa de Lima.

Esta preocupación por los pobres, lo llevó a realizar su labor pastoral en la Villa 31 de Buenos Aires, en donde fue el líder espiritual del movimiento peronista villero. Además de estas tareas, Mugica comenzó a relacionarse con la juventud peronista y con sus agrupaciones armadas, en las que nunca se integró, ya que consideraba que el camino de las armas no era para él.

En términos ideológicos, siempre reivindicó su pertenencia y su apoyo al peronismo. Claro que este apoyo tenía profundas raíces cristianas, en especial a partir de una postura a favor de los pobres, tal como lo estipulaba la revolucionaria teología de la liberación. Esta corriente de pensamiento dentro de la iglesia católica, había prendido fuerte en los curas del tercer mundo, que podían ver con sus propios ojos, las consecuencias del capitalismo y del imperialismo que dominaban estos países.

Durante su vida, Mugija se transformó en una guía espiritual para los villeros porteños y para amplios sectores de la juventud, que tuvieron en él un referente de lucha y consecuencia. Entre los diversos apoyos que obtuvo, es muy recordada la visita que hiciera el presidente Héctor Cámpora a la villa 31 el 9 de mayo de 1973. Unos meses antes, durante su regreso del exilio de 18 años, también lo había visitado Juan Domingo Perón.

Hoy, hace 39 años, lo asesinaron al padre Mugica, el que, al igual que muchos compañeros masacrados, sigue vivo en el pueblo, que lo recuerda con homenajes y con la lucha cotidiana para hacer posible aquel mundo de iguales con el que Mugica alguna vez soñó.

Es que mientras la aristocracia eclesiástica se dedica a beatificar a sus papas más conservadores, este cura del tercer mundo, que nunca llegará a beato, ya es un santo para los pobres, que saben que su vida y su lucha, fue un verdadero milagro.

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