Finito Gehrmann, el hombre que cambió

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Se suele decir que el tiempo cambia a las personas. Será la experiencia; será la vejez; será el simple e irremediable paso del tiempo, parece que algo es, que las personas cambian, que adoptan rasgos diferentes por el sólo hecho de transcurrir. El otro día, en forma un tanto casual, comprendí que al genial Ernesto “Finito” Gehrmann el tiempo lo ha cambiado.
Lo encontré junto a su esposa la semana pasada. Estaban sentados en la primera fila de las tribunas del club Tokio, en el partido inaugural de la temporada del básquet en la ciudad. Allí estaba él, dando el presente casi reverencial, de la misma forma en que lo hace un Jack Nicholson para ver a los Lakers, bajo la sombra de las colinas de Hollywood. Eterno, inmenso, Finito acompañó el partido junto a los amigos, bien pegado a la baranda que lo distanciaba de ese mágico rectángulo que él mismo había iluminado con su básquet descomunal.

Saludó a todos los que lo saludaban; a todos con la misma caballerosidad, casi como agradeciendo por esos rostros de admiración y de asombro que cargan esos mismos que lo saludan, por más conocidos de años que sean. La admiración es profunda y se nota. Finito es un mito, una leyenda del deporte argentino. Aquellos pocos que tenemos el placer de cruzarlo en un ignoto partido de básquet, ocurrido en cualquier enero de este raro extremo del país, sabemos que lo nuestro es una epifanía, de la que lentamente, nos hicimos devotos.

Terminó el partido, ganó Tokio. Finito espera, conversa, se despide y sale. Finito camina por el diminuto pasillo que conduce desde la tribuna hacia la salida. En las gradas permanecen 20, 30 personas, en su mayoría jóvenes que jamás vieron jugar al larguilíneo basquetbolista. No importa, el mito es leyenda, y el grito, se expande como un mimo al alma: “Borombombón, borombombón, para Finito, la selección”.

¡¡¡Cómo no pedirlo!!! Gehrmann es el segundo mayor anotador en mundiales de la selección argentina. Sí hasta tuvo que nacer un Luis Scola para superarlo, el que necesitó de cuatro mundiales para anotar mayor cantidad de puntos. Es sólo un dato… un dato que te ubica junto a uno de los dos referentes que ha tenido y tiene la actual generación dorada del básquetbol, la de los podios y el oro olímpico. ¿Qué hubiera sido de esta generación con un tipo como Finito?

Mientras, él pasa. Se va pero no se va. La leyenda, el mito, se sienta, siempre junto a su esposa, en las blancas y plásticas sillas que extienden la cantina del club en la vereda. Ellos solos; mientras todos pasan… y claro, los saludan. Finito cerrará su noche con la simpleza de siempre, con la misma calma. Nada logrará alterarlo, nada podrá quitarle un ápice a su humildad proverbial, esa bonohomía a lo Cortázar que lo define a cada paso. Finito es así, ahora y hace más de dos décadas, cuando lo vi jugar en vivo por primera vez… para nunca olvidarlo.

¿Entonces, si nada cambia, qué es lo que ha cambiado? El tiempo ha pasado, y como todo hombre, Finito también cambió. Antes era grande, inmenso, enorme en su celeste y blanca. Era una torre en las nubes, una grúa hacia el aro, un goleador implacable. Finito era todo eso. Y ahora lo sigue siendo, pero algo cambió.
Ya no es más un grande, ahora, Finito, es un gigante.

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