Las pascuas más tristes de nuestra historia

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Hubo una semana santa en nuestra historia nacional, que estuvo cargada de tensiones, de temor y de mucha infelicidad. Esas pascuas fueron las de 1987, que se iniciaron con lo que fue el primer levantamiento carapintada que puso en jaque a la por entonces endeble democracia argentina.

Todo había comenzado en diciembre de 1986, cuando el radicalismo en el poder había sancionado la Ley de Punto Final, que pretendía ponerle coto a las denuncias por violaciones a los derechos humanos, cometidos durante la dictadura militar.Según la ley, habría un plazo de 60 días para presentar las denuncias, caso contrario, los delitos prescribirían.

Pese a las previsiones del oficialismo, se produjo una andanada de denuncias por parte de una sociedad que sólo aspiraba a la justicia. El detonante para la reacción castrense, fue el intento de detención contra el represor Ernesto Barreiro. Esta acción, produjo la toma de Campo de Mayo por parte de un grupo de oficiales que se presentaron ante la sociedad con la cara pintada, por lo que pasarían a la historia como los “carapintadas”. Su líder, era Aldo Rico, jefe del Regimiento de Infantería de San Javier, Misiones.

La noticia causó conmoción en la Argentina. Todos los partidos políticos, ratificaron su apoyo democrático, aunque los partidos tradicionales adoptaron una posición algo equívoca frente a los reclamos militares. Miles de argentinos se agolparon en las puertas de campo de mayo a exigir la rendición incondicional de los amotinados. Otros cientos de miles, se reunieron en la Plaza de Mayo para sostener el apoyo al presidente Ricardo Alfonsín.

Aquel 19 de abril de 1987, en plena pascua, el presidente de la Nación salió al balcón histórico de la Casa Rosada a anunciar que iría personalmente hacia Campo de Mayo para lograr la rendición. Muchos de los manifestantes propusieron ir detrás del presidente, pero esta idea fue disuadida ante el temor de que la situación fuera inmanejable y los militares abrieran fuego contra la multitud.

Alfonsín viajó en helicóptero hasta el lugar en donde se encontraban los amotinados y allí se reunió con los carapintadas liderados por Rico. Las negociaciones tuvieron poco de negociaciones, ya que se parecieron más a las viejas imposiciones castrenses que habían caracterizado la historia argentina. Alfonsín fue, escuchó y dijo:“sí señor”.

Al regresar a Plaza de Mayo, una multitud enfervorizada esperaba el resultado de la entrevista. Alfonsín titubeó, como sabiendo que se encontraría con un fuerte rechazo popular, y lanzó una frase que quedará en la historia: “felices pascuas, la casa está en orden”. Luego elogió el pasado como combatientes de Malvinas de alguno de los implicados en la asonada, algo que terminó de poner en evidencia que, el Señor Presidente había traicionado el clamor popular.

La gente se retiró a sus hogares con una rara mezcla de desolación y amargura. Poco tiempo después, se conocerían las consecuencias de dicho acuerdo: la ley de obediencia debida, que significaba la impunidad para una gran proporción de los torturadores y genocidas.

Aquellas pascuas de 1987 fueron, sin lugar a dudas,las más tristes de nuestra historia. 

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