El día en que comenzó la década ganada

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La Argentina se desgranaba social, política y económicamente. La batalla cultural parecía perdida frente a un neoliberalismo que había sido avasallante y cuyas raíces habían penetrado con fuerza en el imaginario de la sociedad argentina. El destino de la patria se interpretaba como sellado: no había más posibilidad que hundirse de la mano de una clase dirigente incapaz de ofrecer alternativas. La esperanza era un bien desconocido en un país que había hecho de su movilidad social ascendente una marca identitaria de su pasado.

La crisis del 2001 y su corolario de estallido social en las jornadas del 19 y 20 de diciembre, evidenciaron, en forma trágica, el fracaso del modelo neoliberal en la Argentina. La continuidad institucional, por más errática y cambiante que ésta haya sido (recordemos los cinco presidentes en dos semana), dejó en claro que la democracia era la opción definitiva para el pueblo argentino. El paso asesino de Eduardo Duhalde por la presidencia no hizo más que ahondar la crisis y la necesidad de buscar una salida, no sólo democrática, sino fundamentalmente transformadora de la realidad.

Frente a la crisis, se decidió convocar en forma anticipada a elecciones para presidente. La fecha establecida fue el 27 de abril del 2003 y allí estarían los representantes de la vieja política de tendencia neoliberal para dirimir la suerte del país. Allí estarían enfrentados Carlos Menem, Ricardo López Murphy, Adolfo Sodríguez Saá, Elisa Carrió y un escasamente conocido dirigente patagónico, gobernador de Santa Cruz, llamado Néstor Kirchner. El patagónico llegaba de la mano del propio Duhalde, pero también lo hacía junto a dirigentes que planteaban la necesidad de generar un cambio en el país, en especial a partir de una ruptura profunda con el menemismo.

La sociedad asistió al reacomodamiento de las piezas políticas con cierta expectación. El sistema electoral planteado abría paso a una inevitable segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. Según todas las encuestas, Menem estaría en un hipotético ballotage, por lo que la lucha central se centraba en el segundo puesto. Es que frente al repudio generalizado que existía en torno a la figura del ex presidente, era muy factible un apoyo masivo hacia el candidato que compitiera con aquél en la segunda vuelta.

Durante la campaña quedó expuesto que las alternativas no eran tan variadas como lo parecía reflejar la diversificada oferta electoral, que contó con 18 fórmulas presidenciales. Una vez más, la multiplicidad de candidatos no era una muestra de pluralidad sino, más bien, de balcanización de los partidos políticos. Y este fue el argumento central en el que basó su candidatura Néstor Kirchner. Frente a la ausencia de alternativas, él instaló una propuesta que miraba hacia adelante, en especial hacia la construcción de un modelo nuevo, distinto y no sólo a un intento por reconstruir el ya perimido modelo neoliberal que proponían los otros candidatos.

Hoy, visto a la distancia, podemos decir que el gran logro de Kirchner en esa campaña fue la de haber instalado una idea esperanzadora en amplios sectores de la sociedad. Ese fue, en definitiva, el elemento que le aseguró el apoyo popular que completara el caudal de votos que le aportaría la estructura peronista de la provincia de Buenos Aires.

Aquel 27 de abril de 2003 el país acudió a las urnas con una voluntad transformadora que no se había registrado en las elecciones del “que se vayan todos”, el voto en blanco y el voto bronca de octubre de 2001. Por primera vez en mucho tiempo, los argentinos sufragaron con expectativa, por lo menos con la esperanza de impedir la continuidad de un sistema, el neoliberal, que tantos males le había causado al país. Esa expectativa, que se podría definir como de tipo defensiva (o sea, ponerle un freno al sistema) se volcó por la única opción de cambio que había en la oferta electoral.

El resto de la historia es conocida. Carlos Menem ganó la primera vuelta con el 24,45 por ciento de los votos, mientras que Néstor Kirchner alcanzó los 22,24 por ciento, para quedarse con el segundo lugar y asegurarse su participación en el ballotage a realizarse el 18 de mayo. El resultado mostró el acierto de la estrategia kirchnerista de plantear una campaña basada en la esperanza de una nueva era, de una modelo diferente y de un país cuyo entramado social se asemejara, todo lo posible, a lo que supo ser la Argentina en otras etapas de su vida nacional.

Incapaz de frenar el repudio hacia su persona y sus ideales, Menem decidió bajarse de la segunda vuelta con el objetivo de desligitimar la victoria de Kirchner, que habría sido abrumadora en el ballotage. Néstor juró como presidente el 25 de mayo de 2003, aquel día y por primera vez en mucho tiempo, un presidente electo democráticamente asumía la conducción del país sin dejar, en la puerta de casa de gobierno, sus convicciones y sus ideales. Aquel día empezaba, para la Argentina y la región, la década ganada.

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