Moreno, fuego y plan de la revolución

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La historia, o mejor dicho, los historiadores que han escrito la historia, han resumido el fenómeno revolucionario desatado el 25 de mayo de 1810, como si se tratara de un movimiento homogéneo cuyo único objetivo habría sido el de gestar nuestro país. La realidad, siempre distante de lo que han sido los relatos tradicionales sobre el pasado, parece haber sido algo diferente.

Desde mediados del siglo XVIII que los sectores populares americanos venían manifestando y luchando por cambios revolucionarios en el continente americano. En especial los pueblos originarios fueron protagonistas de extendidas y multitudinarios procesos de lucha, como las guerras guaraníticas y la revuelta de Tupac Amaru. Con el tiempo se plegarían los esclavos, que deseaban imitar el ejemplo de Haití, el segundo país del continente en alcanzar la independencia. Para la primera década del siglo XIX, serían los criollos los que se sumarían a estos anhelos de transformación, trayendo con ellos las ideas y los principios liberales y modernos surgidos al calor de la Revolución Francesa.

Para 1810, Buenos Aires ya era una ciudad con una fuerte politización y una masiva participación popular, generada por los cambios operados en la ciudad ante la coyuntura de la invasión inglesa al Río de la Plata. De esta forma, para la tan famosa semana de mayo, diversos sectores sociales confluyeron bajo un objetivo estratégico común: acabar con el Antiguo Régimen. Entre otros, se agruparon los pequeños profesionales, algunos empleados públicos, miembros del ejército, integrantes de la incipiente burguesía comercial vinculada con Inglaterra y diversos representantes de lo que en la época se denominaba como el “bajo pueblo”. Todos ellos confluyeron tácticamente para alcanzar el objetivo estratégico, cuando éste se logró, comenzaron las disputas.

Por un lado emergieron aquellos que pretendían cambiar las cosas para que nada cambie, al mejor estilo del Gatopardo de Giussepe Tomasi de Lampedusa. En definitiva, se trataba de convertirse en los herederos del poder colonial, realizar algunos reacomodamientos sociales, pero no modificar en absoluto la estructura de control y dominio social.

Por otro, surgió un ala verdaderamente revolucionaria, determinada a entablar alianzas profundas y duraderas con todos los sectores sociales, de forma tal de garantizar transformaciones estructurales en la sociedad americana. Este grupo tuvo, en sus meses iniciales, a un referente ineludible, Mariano Moreno, secretario de guerra de la Primera Junta de Gobierno.

Junto a Manuel Belgrano y Juan José Castelli, Moreno desplegó una política radicalizada que quedó plasmada en el Plan de Operaciones, documento escrito a pedido de la Junta y que servirá de base para definir una línea de acción al gobierno revolucionario. Además de establecer la igualdad social con los pueblos originarios, el Plan de Operaciones contemplaba una fuerte intervención estatal en la producción y la economía. Frente a una burguesía ausente, Moreno proponía ubicar al Estado en el centro del aparato productivo para actuar como dinamizador de la economía mediante una primaria acumulación de capitales. Esa acumulación se debía hacer mediante la expropiación de las riquezas suntuosas existentes en el Río de la Plata, en especial la de los mineros potosinos, que durante décadas se habían enriquecido con la explotación de los aborígenes altoperuanos.

Con dificultades y contradicciones, el morenismo en el poder avanzó en cuanto pudo. Belgrano y Castelli, enviados al Paraguay y Alto Perú, respectivamente, proclamaron la igualdad entre los hombres e intentaron generar cambios en el sistema de producción. Las urgentes necesidades bélicas impidieron avanzar más rápido y pronto, las tensiones internas, cambiaron la correlación de fuerzas, que pasó a manos de los sectores más conservadores.

Mediante una maniobra política urdida junto a los diputados del interior, en el mes de diciembre se amplió la junta y se conformó la Junta Grande. Ante esto, Moreno renunció a su cargo, entendiendo que su sector había sido doblegado en términos políticos. La Junta Grande, quizás temerosa de la influencia que Moreno podría mantener, lo designó para desempeñar una misión diplomática en Europa. Embarcado, el fogoso ex secretario de la Junta enfermó, hasta morir el 4 de marzo de 1811, apenas 9 meses después de haber sido partícipe de aquel sueño revolucionario de mayo del 10.

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