Una historia de amor, de locura y de muerte

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La historia de su vida se asemeja mucho a una de sus obras clásicas. Los Cuentos de amor, de locura y de muerte escritos en 1907 parecen, más que una recopilación de historias fantásticas inspiradas por el genio de un escritor, un vaticinio de lo que sería su propia vida. Es que la vida de Horacio Silvestre Quiroga Forteza fue una mezcla de eso, de amor, de locura y de muerte.

Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay, vivió mucho tiempo en Montevideo y en Buenos Aires y tentó la suerte como productor de algodón en el Chaco, pero hizo de Misiones, su lugar en el mundo. Aquí, más precisamente en San Ignacio, Quiroga encontró las inspiración para escribir parte de sus obras mejor logradas.

Quiroga fue un apasionado por el amor, al igual que lo eran los bohemios de aquellos años contradictorios y convulsionados que precedieron al centenario de la patria. Su primer gran amor fue la adolescente Ana María Cires, con quien logró casarse pese a la oposición de sus padres. Junto a su joven esposa, se mudó a San Ignacio, en donde tuvo dos hijos, Egle y Darío. La historia terminaría envuelta en la tragedia y la muerte. En 1915, y luego de insistirle a su marido para regresar a Buenos Aires, Ana María se suicidó consumiendo veneno. La mujer de Quiroga moriría luego de 8 días de penosa agonía.

A fines de la década del ’20, Ana María Palacio, una joven de apenas 17 años, encandiló al ya afamado escritor. Quiroga pretendió llevarla a vivir a Misiones, pero la negativa familiar lo privó de cumplir su objetivo.

Poco tiempo después, conoció a su último gran amor, otra jovencita de 20 años llamada María Elena Bravo, con quién regresaría a Misiones en 1932, luego del nacimiento de su nueva hija, María Elena. Al igual que su experiencia anterior, su esposa no se adaptó a la vida dura y solitaria de la selva y los yerbales misioneros. En 1935, Quiroga comenzó a sentir fuertes dolores prostáticos, que lo llevaron a realizar consultas médicas en Posadas. Allí le diagnosticaron un posible cáncer de próstata, pese a lo cual se negó a regresar a Buenos Aires. María Elena, cansada de la situación, abandonó a su esposo enfermo en San Ignacio.

Así, solitario, abandonado, entristecido y dolorido, Horacio Quiroga vivió sus últimos meses rodeado de la selva y el inmenso río Paraná que lo había iluminado como escritor. A comienzos de 1937, aterido de dolor, viajó a Buenos Aires para internarse en el hospital de clínicas. Allí, pidió que lo alojaran en su habitación junto a Vicente Battistesa, un enfermo definido como un “monstruo” por sus enormes deformidades. Esta especie de “hombre-elefante”, fue la última amistad de Quiroga, y fue quien lo ayudó a consumir el vaso de cianuro que acabó con su vida aquel 19 de febrero de 1937.

Su vida, al igual que su muerte, reflejó a sus cuentos como si fueran su propia vida. Atrás, quedaron los Cuentos de la Selva, Los Perseguidos, El salvaje, Ananconda, La Gallina degollada y muchos más que reflejaron a Quiroga como uno de los máximos cuentistas latinoamericanos. Pero ninguna otra de sus obras, como cuentos de amor, de locura y de muerte, para describir la trayectoria de vida de este misionero por adopción.

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