Febo asoma, bicentenario de San Lorenzo

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El combate de San Lorenzo, hoy bicentenario, esconde, como muchos otros acontecimientos de nuestro pasado, varias historias detrás de la historia que todos conocemos. Aquel 3 de febrero de 1813, en el amplio descampado que separa la costa del río Paraná del convento de San Carlos, en la localidad santafesina de San Lorenzo, el novel Regimiento de Granaderos a Caballo realizó su bautismo de fuego. El resto es conocido, la famosa carga, el derribo del caballo de José de San Martín y la valerosa aparición del sargento Cabral para salvar al comandante y transformarse en el “soldado heroico”.

Desde ese mismo día se transformó al combate librado en las costas del Paraná como si se tratara de una batalla clave de la guerra de la independencia. Ese fenómeno de magnificación fue intensificado por la historiografía liberal del siglo XIX, que hizo de San Martín el padre de la patria y cuyas victorias militares fueron transformadas en hazañas únicas y mitológicas. Este tipo de descripciones historiográficas no hacen más que vaciar de contenido a esos mismos hechos históricos, al privilegiar la manipulación y/o la tergiversación por sobre la descripción de los acontecimientos.

El combate de San Lorenzo fue, en el marco de la guerra por la independencia, un combate menor, de escasa relevancia tanto táctica como estratégica. Se trató de la lucha entre dos grupos reducidos de soldados rivales, cuyo resultado no modificó en nada la situación militar sobre la costa del Paraná y demás vías fluviales. Esto no pretende reducir la importancia de San Martín como gestor de los Granaderos ni la de sus victorias político-militares, tan sólo se procura entender San Lorenzo desde lo que este combate realmente fue.

El Primer Triunvirato, bajo el influjo de su secretario Bernardino Rivadavia, había adoptado una peligrosa estrategia defensiva en la lucha por la emancipación. De allí la orden de abandonar a las poblaciones altoperuanas y norteñas, las que quedaron indefensas luego del éxodo jujeño de Manuel Belgrano y su ejército. Ese mismo ejército, integrado por los gauchos norteños y tropas de Buenos Aires, logró la sorprendente victoria de Tucumán (24 de septiembre de 1812) y con ello modificó el mapa político de la revolución.

El 8 de octubre siguiente, un golpe cívico-militar liderado por San Martín y Carlos de Alvear, derrumbó al Primer Triunvirato y forzó la elección del Segundo. Esta nueva administración adoptó dos medidas trascendentales: convocó a la Asamblea General Constituyente (la famosa y también bicentenaria Asamblea del Año XIII) y pasó a la ofensiva en el plano militar.

Además de reforzar a Belgrano en el norte y de enviar tropas hacia la Banda Oriental, el gobierno dispuso que San Martín con sus Granaderos cabalgara hacia la costa del Paraná, en donde una escuadra realista realizaba excursiones, depredaciones y saqueos. Hacia allí partió el contingente de 140 Granaderos en una marcha forzada que contó con el apoyo en caballadas de todas las postas de la línea. Gracias a ello, es que San Martín logró llegar antes que el enemigo al convento, por lo que pudo esconder su posición y su presencia. En el camino, San Martín estableció contactos con los jefes de las milicias locales, los que le sumaron unos 70 combatientes más para el día del combate.

En la mañana del 3 de febrero, unos 250 realistas desembarcaron en una zona de accesible, un poco al norte del convento. A bandera desplegada y con dos cañones al centro, las tropas del rey avanzaron rumbo al edificio religioso, que creían desocupado de enemigos. De inmediato surgieron desde los fondos del convento dos columnas de caballería, las que atacaron con un movimiento envolvente a los realistas. La táctica de ataque era toda una novedad para el ámbito americano, ya que había sido el emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte quién había generalizado su uso en Europa.

Por la izquierda cargó el propio comandante San Martín, cuya columna fue la primera en entrar en contacto con el enemigo, el que lo recibió con fuego graneado de fusilería y una rápida descarga de cañón que arrasó con toda la línea de vanguardia de Granaderos. De allí que, entre otros, cayera el propio San Martín, cuyo caballo fue baleado y le aprisionó la pierna, impidiéndole zafar de la situación. En aquel momento dramático, algunos soldados realistas percibieron que el caído era el jefe enemigo, por lo que avanzaron con él. Dos Granaderos corrieron en auxilio de su jefe, fueron Juan Bautista Baigorria y Juan Bautista Cabral, ambos soldados rasos y el segundo de ellos probablemente un esclavo liberto.

El resto de la historia es conocida, Cabral salvó a San Martín para “morir contento porque hemos derrotado al enemigo”, según el relato casi escolar del hecho. Es probable que Cabral dijera alguna palabra más bien subida de tono, aunque algo impropia para las anécdotas de escuela primaria.

Instantes después apareció la columna del capitán Justo Bermúdez por la derecha, con lo que el combate terminó de definirse a favor de los patriotas. En el campo de batalla quedaron 16 muertos patriotas (14 ese día y dos más que murieron después, entre ellos el propio Bermúdez, al que le habían volado la rótula) y 40 caído por los soldados del rey. Para un combate en el que participaron cerca de 400 soldados, el nivelo de muertos (56) revela lo aguerrido de la lucha y pone en evidencia uno de los aspectos centrales del modo de hacer la guerra por parte de San Martín: la ferocidad de sus tropas a la hora de la lucha, las que actuaban bajo la consigna de “partirle la cabeza al primer godo que se les ponga por delante”, algo que repetirían a lo largo de toda la guerra de la independencia.

Pero también revela otras cuestiones el combate de San Lorenzo. Por un lado, la convicción militar de su jefe, determinado a brindar un ejemplo de conducción y coraje al ponerse al frente de la primera carga en la historia del regimiento. Carga que, como bien sabemos, casi le cuesta la vida. A partir de aquel gesto, ningún Granadero podría quitarle el pecho a las balas. No es un dato menor, mucho menor en un país como el nuestro, en donde hay contados casos de jefes cargando al frente de sus tropas.  Por otro lado, porque fue la evidencia de estar ante un jefe militar de los que carecía la revolución, jefe que, años después, sería el encargado de diseñar y ejecutar la mayor experiencia bélica de la revolución, el cruce de los Andes.

San Lorenzo, tampoco, resolvió las excursiones realistas sobre la costa del Paraná, algo que recién se lograría con las victorias navales de Guillermo Brown en 1814. De todas formas, el combate que hoy recordamos fue un eslabón más que se rompía de la cadena que nos ataba al colonialismo. San Lorenzo ocurrió casi en simultáneo con los triunfos de Cerrito (31 de diciembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813) y he allí, en todo caso, su real importancia estratégica.

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