A 75 años de un equipo histórico… y el presente

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Las instituciones no son grandes por su historia, son grandes por su capacidad para revalidar esa historia, para añadirles nuevas páginas de gloria, de progreso o, también, para anotarse alguna crisis resuelta.

Independiente afronta el año más dramático de su centenaria vida (de ninguna manera podemos hablar del “año más importante”, como afirman algunos. Los años más importantes fueron los de las copas intercontinentales o, por qué no, este de 1938 que les voy a describir). El rojo enfrenta el semestre comprometido con el descenso, algo inédito desde que ascendiera a primera división en 1912, todavía en tiempos del amateurismo. Por una de esas coincidencias temporales, Independiente encara este desafío en el año del 75 aniversario de la que es, quizás, la mejor temporada de su historia, la de 1938. Una vez más, pasado y presente se aúnan para definir si este equipo es capaz, coma tantas otras veces, de reescribir su propia historia, de revalidarla con una nueva conquista, con otra crisis disuelta.

El actual plantel, este que peleará por no descender, poco debe saber sobre aquel año 38. Lo mismo me atrevo a decir de la mayoría de los hinchas, casi al borde de la desesperación ante una situación desconocida. Muchos se preguntarán ¿de qué vale hablar del pasado ante un presente tan complejo? Y en algo les doy la razón: podemos saber de memoria la formación de aquel equipo del 38 o conocer al dedillo su campaña, que eso no cambiará en nada los resultados que obtengan los dirigidos por Gallego. Los jugadores deben hacer su trabajo, mentalizarse, convencerse, jugar al fútbol y, con ello, sumar los puntos necesarios para zafar. La historia, en este caso, es de palo.

¿Entonces, en qué quedamos? ¿Para qué la historia? Porque la historia no es solo una acumulación de hechos ocurridos en el tiempo pretérito, también es una enseñanza. Puede ser en forma de ejemplo, de impronta, de sueño o utopía. Puede ser, también, una muestra de aquello que no se debería repetir. O sea, la historia son muchas cosas, y yo quiero invitarlos (e invitarnos) a recorrer algunas de esas cosas. Y los invito a hacerlo con la esperanza de que en el pasado siempre fuimos capaces de revalidar nuestra historia, de escribir una nueva página de gloria, de alcanzar un nuevo sueño irrealizable. Este es, en consecuencia, un recorrido histórico que pretende recordarnos lo que fuimos, para saber qué es lo que queremos volver a ser. Eso que queremos volver a ser a partir del 3 de febrero, cuando la pelota comience a rodar en el juego frente a Tigre.

Independiente había transitado el amateurismo con importante destaque. Pese a su origen proletario (o quizás justamente por eso), se había transformado en una referencia futbolística en la época. El conjunto campeón de 1926 dejó una huella indeleble, lo mismo que dos de sus figuras, Raimundo Orsi y Manuel Seoane, el máximo goleador del amateurismo argentino. Aquella delantera, por cierto, se completaba con el Zoilo Canaveri, Alberto Lalín (de allí el “ese Lalín, tu presidente, es hincha de Independiente”) y Luis Ravaschino.

Merced a un trabajo de largo plazo y a la adquisición de jugadores específicos que se adaptaran a un estilo de juego de pelota al pie y toques constantes, durante los primeros años del profesionalismo el Rojo fue la bandera del espectáculo futbolístico. Con cuatro subcampeonatos y alguna copa conquistada entre el 31 y el 37, para la temporada de 1938 todo parecía dispuesto para la inminente consagración. A esa altura, el equipo atraía multitudes al moderno estadio de cemento de Alsina y Cordero, la actual calle Bochini. Como en épocas anteriores, el público afín a Independiente se reclutaba entre la clase obrera de la populosa e industrial Avellaneda y sus zonas aledañas.

Fue un año particular para el club, ya que en las elecciones de diciembre de 1937 había ganado la oposición, la que diseñó un plan de ajuste con la intención de reacomodar la economía del club. Pese a ello, se mantuvo la base del equipo, a la que se sumó Victorio Spinetto, una de las glorias del fútbol argentino y cuyo apellido está ligado a la historia de Vélez Sarsfield.

Luego de un arranque con goleada frente a Tigre (el mismo rival con el que empezaremos la actual campaña y al que ojalá también venzamos por 6 a 2 como antaño) y de una derrota ante San Lorenzo, la Comisión Directiva designó a Guillermo Ronzoni como nuevo director técnico. Además, se nombró al profesor de gimnasia del club, José Cuesta Silva, como preparador físico, lo que redundó en una notable mejoría en el entrenamiento de los jugadores. La elección de Ronzoni no podría haber sido más acertada, ya que había sido uno de los baluartes de aquel equipo arrollador de 1926, jugando de centrohalf, lo que hoy sería un número 5.

En el debut de Ronzoni el equipo convirtió nueve goles, para hilvanar posteriormente seis victorias seguidas. Entre ellas, un recordado triunfo frente River, el día en que estos inauguraban en partidos oficiales su estadio Monumental. Dicen las crónicas que 80.000 personas disfrutaron de aquel 4 a 2 a favor de los Rojos de Avellaneda. Solo como para dimensionar la calidad de jugadores que había en el fútbol argentino, diremos que para Independiente jugaron Fernando Bello en el arco, Antonio Sastre y Spinetto en el medio y la delantera se integró, entre otros, con Vicente “Capote” De la Mata y el extraordinario goleador paraguayo Arsenio Erico (los equipos formaban 2-3-5, un posicionamiento ofensivo muy distinto al amarretismo que impera en la actualidad). Por River encontramos a José María Minella (que hoy le da el nombre al estadio de Mar del Plata), Carlos Peucelle, José Manuel Moreno y Adolfo Pedernera.

El Rojo siguió ganando, gustando y goleando, como a Vélez, en la fecha 12, cuando le ganamos 7 a 1 con cinco goles de Erico, que hasta se dio el lujo de malograr un penal. Por entonces, el equipo había marcado la friolera de 4 goles por partido de promedio. La fecha siguiente fue derrota ante Chacarita, para retomar la senda de victorias ante Boca y por 3 a 0. Al término de la primera rueda, el equipo lideraba las posiciones con dos puntos de ventaja sobre San Lorenzo (recordemos que en la época se daban dos puntos al ganador y uno por el empate).

En el inicio de la segunda ruega Independiente tuvo algunas traspiés, con derrotas ante Atlanta y River, en la fecha 24. Por su parte, el conjunto Millonario se afianzó con triunfos y pasó al frente de las posiciones, con tres puntos de ventaja sobre el Rojo, que tenía un partido menos.

Con aquella derrota frente a River, algunos presagiaron un final similar al de temporadas anteriores, en donde el equipo lideraba las posiciones y daba espectáculo de goles (había marcado 101 tantos en la temporada 1935 y 106 en el 37), pero una derrota lo desencajaba y le provocaba la pérdida del rumbo futbolístico. De esta forma se habían dado los subcampeonatos, en especial el de 1937, obtenido luego de liderar las posiciones durante 25 fechas.

Hasta allí, y a 34 años de su fundación (la fecha real es el 4 de agosto de 1904), el Rojo podía mostrar orgulloso su pasado, una historia cargada de esfuerzo, de construcción colectiva de un sueño deportivo llamado Club Atlético Independiente de Avellaneda. También podía vanagloriarse de su estilo futbolístico, reconocido por todos en la época, propio de extraordinarios jugadores. Fue en aquellas tempranas décadas de 1920 y 1930 en donde nació el paladar negro del hincha rojo, acostumbrado a ver equipos de pelota al piso, de gambeta y paredes, de goles lujosos e inolvidables (¡y pensar que ahora reclamamos “huevo” desde la tribuna, cuando deberíamos pedir “fútbol, sólo jueguen al fútbol”!). Todo eso era Independiente, todo eso estaba ya en su historia. Pero a esa historia la debía revalidar y la mejor forma de hacerlo era con la obtención del título, el primer título de la era profesional. Y aquel plantel lo hizo, revalidó nuestra historia y escribió una nueva página de gloria.

Luego de la derrota con River, el equipo hilvanó 10 victorias seguidas, con 45 goles marcados. Fueron goleadas frente a Talleres de Escalada (5 a 0), Huracán (4 a 1), Chacarita (9 a 2), Boca (4 a 0), Platense (5 a 0) y Lanús para dar la vuelta en Avellaneda (8 a 2). Además, se obtuvieron victorias ajustadas frente a Gimnasia (2 a 1), Racing (3 a 2), Vélez (2 a 0) y Estudiantes (3 a 1).

El 18 de diciembre de 1938 fue la goleada a Lanús y la obtención del campeonato, con dos puntos de ventaja sobre River. Aquel equipo histórico, del que se cumplen 75 años, marcó un récord aún imbatible en el fútbol argentino, el de convertir 115 goles en un campeonato (eran 32 fechas. 75 de ellos fueron en condición de local). Obviamente, Erico fue el goleador del torneo, con 43 tantos. Pero además tuvo la valla menos vencida (37 goles en contra) y fue, junto a River, el conjunto con menos derrotas, solo 4. Un último dato, es que los hinchas rojos quedaron primeros en recaudación, una muestra más del carácter popular que siempre tuvo la institución.

Más allá de la conquista y de la forma en la que se lo había logrado, el equipo estaba decidido a marcar su predominio futbolístico en toda la región. El 29 de diciembre de aquel año, derrotó por 3 a 1 a Peñarol de Montevideo en el estadio Centenario y se adjudicó la Copa Aldao, que enfrentaba a los campeones de ambas márgenes del Plata. Esa copa, que aún reposa en nuestras vitrinas, fue la primera copa internacional ganada por Independiente. Para completar la faena histórica, en febrero del año siguiente el rojo se adjudicó la Copa Ibarguren, que enfrentaba a los campeones de Buenos Aires y Rosario, luego de superar a Rosario Central por 5 a 3.

Aquel equipo, sin dudas el más extraordinario de toda nuestra historia, completó una década brillante con otro triplete en 1939 y un subcampeonato en 1940. A lo largo de esos diez años, convirtió más de 800 goles, con un promedio de 2,5 por partido y una eficacia en la obtención de puntos por encima del 70 por ciento. Estos números ya forman parte de la historia. Fueron los números que sirvieron para revalidar toda la historia previa, para engrandecerla, para dotarla de nueva mística, de nuevos héroes. Fue, como suele ser nuestra historia, una revalidación que elevó la vara, que la puso a un nivel poco menos que irrepetible. Pero el rojo, que siguió siendo referencia de nuestro fútbol, siempre fue capaz de superar su propia vara histórica. Así lo hizo en los 60 con las primeras copas o en la inolvidable y gloriosa década de 1970. Surgieron nuevas conquistas, nuevos ídolos, nuevos récords, siempre para revalidar lo hecho, para escribir una nueva página en el libro de la historia roja, una página que parecía superar a la anterior.

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