Se levanta a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa nación

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La conmemoración del bicentenario de la apertura de sesiones de la Asamblea General del Año 1813, es una invitación al análisis y la reflexión sobre el que fuera el primer congreso que funcionó en lo que hoy es nuestra República Argentina. Ya han pasado 200 años de aquel intento por constituir un nuevo país en el extremo sur del continente americano, hecho que fue anunciado por la propia Asamblea al encomendar y aprobar el actual himno nacional, en donde se afirmaba que “se levanta a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa nación”.

El congreso nació a partir del golpe de Estado del 8 de octubre de 1812 que derrumbó al Primer Triunvirato liderado por Bernardino Rivadavia. Aquel gobierno había sofrenado la revolución y adoptado una peligrosa estrategia defensiva en el marco de la guerra por la independencia. Frente a esta administración timorata, los miembros de la Logia de los Caballeros Racionales, de la Sociedad Patriótica y los jefes de los cuerpos militares coparon la plaza de la Victoria (actual plaza de Mayo) y forzaron el cambio de la administración. Fue el Segundo Triunvirato el encargado de cumplir con uno de los anhelos políticos de la revolución, convocar a un congreso general constituyente, el que debería sancionar una constitución y declarar la independencia.

Con una veintena de diputados presentes, la Asamblea comenzó a sesionar el 31 de enero de 1813 bajo la presidencia de Carlos de Alvear, quien junto a José de San Martín era uno de los líderes de la revolución. Apenas dos días después, el cuerpo comenzó a desplegar lo que sería el más profundo programa político de la época revolucionaria. La medida inicial fue la libertad de vientres y la prohibición del comercio de esclavos. Pero pronto seguirían otras que marcharon en el mismo sentido.

A grandes rasgos, las medidas de la Asamblea se pueden englobar en aquellas dirigidas a establecer la soberanía nacional y otras que se vinculan con el establecimiento de los Derechos Humanos en el país.
Entre las primeras, encontramos la adopción de un sello que, por el uso, se convertirá en nuestro actual escudo nacional, la acuñación de las primeras monedas (la actual moneda de un peso, en su parte dorada, es una réplica de aquella moneda), la adopción de las fiestas mayas para conmemorar el 25 de mayo y, como ya fuera dicha, la aprobación de la canción patriótica, parte de la cual hoy es nuestro himno nacional.

En el plano de los Derechos Humanos, la Asamblea fue radical y revolucionaria, más allá de que sus disposiciones no tuvieran una aplicación práctica inmediata. Decretó la libertad de vientres, suprimió la explotación de los pueblos originarios, abolió los títulos de nobleza, prohibió la utilización de los tormentos y anuló el Tribunal de la Santa Inquisición. Un programa político en verdad radical, que ubica a los líderes de la Asamblea a la vanguardia en muchos aspectos y que ratifica la intención de estos por establecer alianzas con diversos sectores sociales, en especial con aquellos que más habían sufrido el sometimiento colonial, como los esclavos y los pueblos originarios.

En apenas seis meses la Asamblea adoptó sus principales medidas, pero no logró sancionar una constitución ni declarar la independencia. Una serie de fenómenos tanto internos como externos, limitó el avance revolucionario y extravió a la conducción política hacia un abismo en el que finalmente se perdería. El conflicto con la propuesta confederal de José Artigas y los Pueblos Libres del Litoral, que incluyó la expulsión de los diputados orientales en el Congreso, fue el principio de una serie de disposiciones de la Asamblea que la alejaron de los intereses populares, para recluirse en un despotismo ilustrado impropio para los tiempos de revolución que se vivían. Las derrotas de Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma y la restitución en el trono de España del rey Fernando VII, fueron los elementos que sirvieron para clausurar, definitivamente, la impronta revolucionaria de la Asamblea.

En abril de 1815, junto a la caída de Alvear como Director Supremo, se clausuró la Asamblea. Es cierto, ésta no había podido cumplir con sus dos objetivos principales: constitución e independencia, pero ello no debería opacar el despliegue del que fue, en aquella década iniciática, el programa político más revolucionario que se intentara aplicar en el ámbito de las Provincias Unidas, aquella nación que, hace 200 años, se levantaba a la faz de la tierra.

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